El agua del baño formaba pequeñas olas suaves en la pequeña tina sobre el mesón. Luna, aún tan pequeña, jugaba felizmente con el agua, moviendo sus deditos en círculos, mientras la madre la observaba con una sonrisa.Isabel se sentía en paz, por un momento ajena a todo lo demás, como si no hubiera juicio a la vuelta de la esquina, como si no fuera una mujer atrapada entre dos mundos. Solo estaba ella, su hija, y la calma del día. Pero, al girarse a buscar la toalla para cubrir a Luna, se dio cuenta de que la había olvidado en el cuarto. «Oh, por Dios, Esta cabeza mía», pensó, sin darle mayor importancia. Estaba por sujetar a Luna contra su pecho y llevarla así, goteando, cuando escuchó que la puerta principal de la casa se abría. —Hola, Isabel, ya estoy en casa—, la voz de Scott la alcanzó desde el primer piso.—¡Scott, por favor, tráeme la toalla de la niña! —gritó desde el baño.No era un pedido excepcional. De hecho, ya se había acostumbrado a los pequeños gestos de Scott: su disp
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