Alejandro descendió del auto con pasos medidos, y enseguida sintió todas las miradas posarse sobre su figura. Reporteros, guardias, empleados: todos se giraron, sorprendidos de verlo aparecer.Las preguntas comenzaron a caerle como balas:—¿Es cierto que estuvo en Estados Unidos, señor Castillo?—¿Qué nos puede decir sobre la demanda presentada en su contra?—¿Cómo afectará esto a Castle Building?Alejandro los ignoró, manteniendo la frente en alto, la mandíbula tensa, la estampa de siempre: el tiburón de los negocios, soberbio, inamovible, con cada músculo dispuesto a imponer respeto. Por dentro, su mente giraba con planes, estrategias, posibilidades de maniobra; por fuera, cada gesto era un muro que nadie podía atravesar.Al acercarse a la entrada, uno de los guardias se interpuso, firme.—Señor Castillo, su entrada ha sido negada —dijo el hombre con voz tensa.Alejandro se detuvo, lo miró de arriba abajo. Un destello de incredulidad y furia recorrieron sus ojos.—¿Qué estupidez es e
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