La fiesta había llegado por fin. Las farolas improvisadas hechas con botellas de vidrio colgaban de un alambre que serpenteaba entre los árboles del parque central, tintineando con cada ráfaga suave de viento. El aire olía a anís, buñuelos fritos y tierra mojada. La fiesta del pueblo no había cambiado mucho en los últimos diez años: mismas mesas de madera apolillada, misma música mezclada entre baladas, valses viejos y boleros románticos… Y sin embargo, para Selene, todo se sentía ajeno, como si caminara en medio de un recuerdo que ya no le pertenecía.—¿Siempre ha sido así de colorida? —preguntó ella, mientras su vestido azul celeste se agitaba en la brisa.—No. —Simón se detuvo a su lado, dándole una mirada ladeada—. Pero esta vez estás tú, así que todo parece un poco más vivo.Selene no supo si reír o marcharse. En cambio, hizo lo que siempre hacía últimamente: fingió no escucharlo. Pero sus mejillas se encendieron.Simón, como siempre, estaba cómodo en su propia piel, con su camis
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