La luz del estudio se había vuelto acusatoria. Valeria observaba los documentos esparcidos sobre el escritorio de cerezo como si fueran serpientes enrolladas, listas para morder. Transferencias bancarias que se extendían a lo largo de ocho años, cada una marcada con el sello inconfundible del Consorcio. Y todas, absolutamente todas, dirigidas a una cuenta registrada bajo el nombre de Sebastián Morales.Su teléfono descansaba junto a los papeles, la pantalla oscura reflejando su rostro pálido. Eran las once y cuarto de la noche. Hacía exactamente tres horas que había salido del Hospital San Rafael, dejando a Catalina conectada a máquinas que mantenían su corazón latiendo mientras las revelaciones sobre su padre resonaban en su mente como ecos de un terremoto. Y ahora esto.Carmen había encontrado esto.Carmen, que ahora mismo estaba en algún lugar de Madrid esperando ese encuentro que olía a trampa desde kilómetros de distancia.El teléfono vibró contra la madera, el sonido amplificado
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