Moscú dormía bajo un manto helado, con la nieve cubriendo las calles desiertas y el silencio de la madrugada interrumpido apenas por el lejano rugido de algún motor. Sin embargo, en un rincón oscuro de la ciudad, la calma no existía. En un bar casi vacío, iluminado por luces rojizas y amarillentas que daban al ambiente un aire decadente, Veronika Dubrovskaya estaba sentada sola frente a la barra.La mujer que alguna vez había sido descrita como una joya de la sociedad moscovita, la que muchos imaginaban como la futura esposa de Mikhail Baranov, estaba irreconocible. Sus labios carmesí estaban manchados por el borde húmedo de los vasos, su cabello rubio, que solía caer en ondas cuidadas y brillantes, ahora estaba desordenado, pegado a su rostro por la humedad del ambiente y el descuido. Su vestido negro de satén, demasiado ajustado para la ocasión, tenía marcas de bebida derramada.El camarero, acostumbrado a las almas perdidas que llegaban a esas horas, no le hacía preguntas. Cada vez
Leer más