El avión privado, alquilado bajo otra identidad falsa proporcionada por un contacto de Gabriel en Reikiavik, sobrevoló la desolación gris y negra de las Tierras Altas de Islandia. Desde el aire, Hverfjall no parecía un cráter, sino una cicatriz perfecta, un cono de ceniza y escoria que se alzaba como un pezón gigante en la llanura. No había nieve, solo la paleta sombría del otoño islandés: musgos dorados, roca volcánica oscura, cielo plomizo. El silencio aquí era diferente al de Armonía: no era impuesto, era geológico, un vacío de sonido que parecía absorber hasta el zumbido del motor.Aterrizaron en un aeródromo privado cercano. El aire era frío y cortante, cargado con el olor a azufre de los respiraderos geotérmicos distantes. Un vehículo todoterreno los esperaba, conducido por un hombre islandés de pocas palabras llamado Haukur, un ex geólogo que ahora guiaba a turistas extremos y, ocasionalmente, a clientes con necesidades discretas. Gabriel lo había usado antes.—El cráter—dijo H
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