Subí las escaleras a paso rápido, conteniendo el temblor de mis piernas, como si cada escalón me pesara el doble. Cerré la puerta de mi habitación con un portazo y, apenas escuché el clic del seguro, sentí que mi cuerpo cedía. Me dejé caer en la cama, boca abajo, y solté todo lo que llevaba contenido. El llanto salió entrecortado, rabioso, como si quisiera arrancarme el dolor a gritos.Había soportado demasiado en un solo día: los reproches disfrazados de mis padres, el vacío de sus palabras, la indiferencia de Matías y la constante sombra de Sarah robándome cada espacio, cada respiro. Todo se mezclaba, como una tormenta dentro de mí que no sabía cómo detener.No sé cuánto tiempo lloré, pero de pronto, entre sollozos, escuché unos golpes suaves en la puerta.—Isa… —era la voz de Matías, apagada, casi tímida—. ¿Estás bien? Ábreme, por favor.Me quedé quieta, abrazando la almohada, sin contestar. Sentía que si decía una sola palabra, volvería a quebrarme.Pasaron unos segundos, y volvió
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