La mansión estaba silenciosa, pero ese silencio no era sinónimo de paz. Cada sombra parecía alargarse más de lo normal, cada respiración resonaba con un peso inesperado, y el aire mismo parecía vibrar con la tensión que Zoe emanaba. Caminaba con pasos medidos, con la llave aún en la mano, y Dante la seguía a cierta distancia. No era obediencia lo que lo mantenía tras ella, sino algo más primitivo, más instintivo: precaución, la sensación de que un instante podía desatar lo inimaginable.No podía reconocerla del todo. La Zoe que había conocido, la mujer con la que había compartido miedos, secretos y vulnerabilidad, estaba allí en forma física, pero la esencia que irradiaba ahora era otra, y le resultaba imposible interpretarla por completo. Sus ojos eran un enigma: no mostraban miedo, no contenían duda, no reflejaban humanidad limitada. Eran ojos que transmitían poder absoluto, frío, calculador, concentrado en cada latido y cada pensamiento, un poder que lo alertaba peligrosamente, rec
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