—¿Yo el alfa supremo? —cuestionó Kaím. Akal y él ya habían hablado del tema, pero ahora era mucho más que una mera posibilidad—. Sería todo un honor, aunque no estoy seguro de merecerlo del todo. —¿Cómo que no? —replicó Akal—. Tú lideraste las tropas contra Rakum y dominaste todo el valle, perdiendo incluso un hermano en el proceso. Nadie se lo merece más que tú, y si el consejo no está de acuerdo, que me nombren a mí. Abdicaré de inmediato y te pondré en mi lugar. Akal era persistente, había que reconocerlo. Y había que reconocer que, aunque se hallaba entre ellos, no se sentía como uno. Su lugar estaba más allá del valle, con los humanos. —Perdí un hermano, pero gané a otro —dijo Kaím—. Con gusto dirigiré el valle en tu nombre, Akal, y lo volveré más próspero de lo que nunca ha sido. Así, cuando vengas a visitarnos, tendrás una idea de cómo era la gloriosa época en que nuestro padre era el alfa y vivíamos a su alero. Era tarde para hablar con los miembros del consejo, pero solic
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