Aimunan El trayecto a la casa de piedras fue un borrón de velocidad y agonía. Cada minuto que pasaba, el dolor en mi vientre se intensificaba, transformándose en contracciones rítmicas, violentas, como si mi propio cuerpo hubiera decidido expulsar el milagro que tanto me costó ocultar. Un frío glacial me recorría la médula espinal, un frío que no pertenecía a la selva, sino a la pérdida inminente. El veneno de la cascabel, diluido en mi sangre, no buscaba mi muerte, sino la de esa chispa de vida que aún no tenía un sistema inmunológico para defenderse del asedio de las enzimas hemolíticas. Acostada en la camilla de la habitación de piedras, rodeada de monitores que pitaban con una urgencia artificial, me sentí más pequeña que nunca. Mi hermano, el hombre que ahora sostenía el destino de nuestro pueblo, tenía los ojos inyectados en sangre, aterrado por una fragilidad que no podía controlar. Mis pensamientos, nublados por el trauma, volvían una y otra vez a Alexander. Sabía que me
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