Alexander Lee Su mirada, que antes había sido de ternura, ahora brillaba con una felicidad contagiosa. Una madre siempre intuye las mareas del corazón de su hijo. Ella lo había sabido antes que yo. —Has cambiado, hijo... —dijo, con los ojos aguados, acariciando mi mejilla. El tacto de su mano era un bálsamo. —Lo supe desde el día en que la trajiste a cenar a casa. Había algo distinto en ti, un brillo nuevo en tu mirada, diferente a la que le solías dedicar a Evi. La mirabas con ternura, admiración, una determinación inquebrantable... y algo más. ¿Sabes qué era? —No... —murmuré, mi voz apenas audible, sintiendo un nudo en la garganta. —Amor... había amor, Alexander. Justo como ahora. Amor. Esa palabra, que siempre había sentido tan ajena a mi universo de cifras y estrategias, ahora resonaba en cada fibra de mi ser. Entonces, todo lo que hacía, todo el caos que había abrazado, se resumía en eso: amor. Así era. —¿Y dónde está ella? —su pregunta me trajo de golpe a la realidad, d
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