La pregunta no tardó en aparecer. No en un grito, ni en un anuncio. Apareció como aparecen las cosas que se han evitado demasiado tiempo: en los bordes de una conversación, en una pausa rara, en una mirada que se sostiene un segundo de más. Primero fue un murmullo entre dos guerreros al lado del fuego, luego una discusión breve entre una loba mayor y un anciano, y finalmente, cuando el sol ya estaba alto y el cansancio empezaba a transformarse en irritación, alguien la dijo en voz alta sin pedir permiso.—¿Y Syrah?El claro se congeló en un silencio instantáneo, como si el nombre tuviera el poder de traerla de vuelta. Varias cabezas se giraron a la vez. Unos miraron hacia los árboles, otros hacia mí, otros hacia Rheon, aunque él no estaba allí, pero su sombra todavía pesaba sobre el territorio. Nadie respondió al principio porque admitir la pregunta era admitir lo obvio: que se les había escapado una pieza central del tablero.Dorian estaba a mi izquierda. Sentí el cambio en su respira
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