Sin embargo, Darío ni siquiera le hizo caso, volvió a agarrar un trozo del plato de la señorita Renata, esta vez no para comerlo él, sino para dejarlo en mi plato, gruñendo.—Come tú también, deja de hacerte la fina, aunque sabe mal, al menos es mejor que esos dulces empalagosos.La carne estaba hecha un desastre, el aceite salpicaba por todo el borde del plato, y solo de verla se me revolvía el estómago. “Mateo… de verdad quieres asquearme, cuando volvamos a Ruitalia, no dedicarte a la actuación sería un desperdicio”.La señorita Renata temblaba de rabia, tomó el plato de carne que había traído Alfredo y la lanzó contra Darío. Él se inclinó ligeramente y lo esquivó con facilidad, el plato y la carne terminaron estrellándose contra el sofá, dejando todo lleno de grasa y salsa.Lo peor era que Darío, como si nada, seguía comiendo la carne que ella había traído.La señorita Renata estaba al borde del llanto, agarró el brazo de Ricardo y dijo con voz temblorosa:—Mira cómo se comporta, n
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