No continuó la frase, pero el tono era tan insinuante que bastaba escuchar la primera mitad para imaginar el resto. Me miró fijamente, con una sonrisa ladeada y una intensidad ardiente en los ojos; una expresión que conocía demasiado bien. Bajo su mirada, todo mi cuerpo se volvió débil.
“Esto es fatal… ahora soy yo la que está completamente alterada”.
Me froté las mejillas enrojecidas y empujé su pecho, hablando casi en un susurro:
—Deja de jugar, Mateo… estás herido y además tienes la sopa en l