Mi cuerpo se tensó al instante y, entonces, escuché la voz amable de Alfredo, quien alzó un poco la voz, como si estuviera recordándonos que la señorita Renata había regresado.—Ay, señorita Renata, vaya despacio, no se vaya a caer, déjeme llevar eso.—No hace falta, lo que mi Ricardo va a comer, lo llevo yo. Tú encárgate de lo tuyo.Apenas terminó de hablar, entró con un plato en las manos, lleno de carne asada humeante, con un aspecto delicioso. Alfredo venía detrás de ella, con una botella de licor en una mano y más carne en la otra, aunque la diferencia entre ambos platos era más que evidente.Miré rápidamente a Mateo y a Ricardo, para comprobar si ya habían recuperado la compostura. Mateo reaccionó rápido, arrugando la frente y volviendo a la actitud ruda de Darío, mientras que Ricardo mantenía la mirada baja, distraído, como si aún estuviera pensando en Gonzalo.La señorita Renata se acercó con rapidez, dejó el plato sobre la mesa y antes de poder presumirlo ante Ricardo, la mira
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