Cuando me acordé de esas palabras absurdas que escribió ese día en el papel, la rabia volvió.Volteé a mirarlo y, a propósito, le dije:—¿Ah, sí? Yo recuerdo que dijiste que eras compañero de Mateo. Ah, claro, también dijiste que eras buena persona y que me ayudarías a llevar un mensaje. Bueno… cuando vuelvas a verlo, dile de mi parte que aquí hay demasiados hombres guapos, ricos y poderosos, y que no pienso irme. Dile que…No terminé la frase.De repente, él bajó la cabeza y me calló con un beso.El agua tibia bañaba mis hombros, mezclándose con su beso caliente, y en un instante tumbó toda mi actitud fingida.Su beso estaba lleno de una posesividad que no podía rechazar; cuando su lengua forzó mi boca, llevaba la urgencia torpe de alguien que se reprimió demasiado tiempo.Lo empujé por instinto, pero mis dedos tocaron su pecho caliente, tenso bajo la ropa mojada.Ese no era el brusco Darío, sino la ansiedad, la inquietud y el dominio de Mateo escondidos bajo el disfraz.Pero así y to
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