Por dentro no dejaba de blanquear los ojos: “Mateo, por favor, deja de hablar."Mientras escribía en el papel, seguí actuando con él, resignada.—Darío, qué malo es usted… después de quedar satisfecho, ya no me hace caso.Mateo observó cómo me contenía; sonrió con ironía, y hasta los ojos se le llenaron de risa.Pero apenas abrió la boca, su voz volvió a ser tosca y rasposa.Ahí descubrí que este hombre tenía muchas habilidades… incluso sabía cambiar la voz.Me gruñó:—¿Qué quieres decir con "quedar satisfecho"? Yo ni he comido. Levántate, vamos a cenar, me muero de hambre.Qué bien sabía fingir torpeza… justo encajaba con la imagen simple y brusca de Darío.Fingí timidez y le dije:—Ay, Darío, qué poco romántico es usted… me da vergüenza.Mateo me lanzó una mirada, luego se volteó; los hombros le temblaban, claramente aguantando la risa.Yo estaba disgustada."Ríete ahora, Mateo… cuando volvamos a Ruitalia, ya ajustaré cuentas contigo."Mientras hablábamos, terminé rápido de escribir
Leer más