El lobo sacó una llave de uno de los bolsillos internos de su toga blanca. No la había notado antes. Era vieja, oscura, con los bordes gastados por el uso. La sostuvo un segundo entre los dedos, como si dudara, y luego la introdujo en la cerradura de una puerta de madera pesada, oculta entre dos columnas del templo. La cerradura respondió con un clic seco. Empujó la puerta y el sonido de la madera al moverse rompió el silencio del pasillo. Dentro no había nada que se pareciera a un santuario. No había velas, ni símbolos dorados, ni altares. Solo una habitación pequeña, austera, casi decepcionante. Un solo estante de libros ocupaba la pared del fondo. Una mesa de madera, vieja pero firme, descansaba en el centro. Una silla sencilla estaba acomodada frente a ella. Nada más. —Pasa —me indicó con un gesto suave. Entré despacio, con una sensación extraña en el pecho. No sabía por qué, pero el lugar me producía una inquietud difícil de explicar. No era miedo. Era algo má
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