El rugido de las sirenas de la policía de Barbados y el eco de los rotores de los helicópteros de rescate llenaron el valle del norte, pero para Ivy, el mundo se había quedado en un silencio absoluto y gélido. Permanecía sentada en el suelo, con la ropa hecha jirones y el rostro manchado de hollín y la sangre de quienes compartían su ADN pero no su alma.Tyler no la soltaba. Su brazo rodeaba sus hombros con la firmeza de un escudo, mientras Mathew, a unos metros de distancia, hablaba frenéticamente con el inspector jefe, señalando los escombros humeantes del búnker. Su madre, en un estado de shock catatónico, abrazaba al gemelo sobreviviente, meciéndose de adelante hacia atrás mientras un paramédico intentaba cubrirla con una manta térmica.—¿Cómo no lo vi, Tyler? —susurró Ivy, con los ojos fijos en el lugar donde Christopher había caído—. ¿Cómo pude dejar que durmiera en mi casa, que escuchara mis secretos, que sostuviera mi mano cuando lloraba por Richie?—Era un profesional del eng
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