La luz dorada que bañaba el despacho parecía haber detenido el tiempo, congelando a Ivy y Mathew en ese micromundo de confesiones y piel. El aire, que durante meses había estado viciado por el reproche y el miedo, ahora vibraba con una electricidad estática, una tensión que no nacía del peligro externo, sino de los restos de un incendio que nunca terminó de apagarse entre ellos. Ivy sintió el calor de las manos de Mathew en sus mejillas. Eran las mismas manos que habían sostenido libros de poesía en la secundaria, las mismas que habían firmado documentos legales para comprar su libertad, y las mismas que, en sus momentos de crisis, la habían empujado lejos para no contagiarla con su propio caos mental. —Me asusta lo fácil que es volver a esto —susurró Ivy, su voz apenas un soplido que rozó los labios de él—. Me asusta que, después de todo el infierno, de Tyler, de las mentiras y de la sangre... solo necesites decir una frase para que yo vuelva a ser esa niña en el observatorio. M
Leer más