La mansión, que minutos antes parecía un refugio de seda y confidencias, se transformó en un laberinto de sombras acechantes. El silencio ya no era pacífico; era el preludio de una ejecución. Ivy sentía el peso del arma de Mathew en su mano, una frialdad metálica que le recordaba que la era de la "obra maestra" de Richie había terminado. Ahora, ella era la dueña del pincel, y el trazo de esta noche sería de pólvora. Mathew y Tyler intercambiaron una mirada rápida. En cualquier otra circunstancia, habrían discutido, habrían intentado doblegar la voluntad de Ivy, pero la urgencia del perímetro violado no admitía protocolos. Tyler, pálido pero con la mandíbula apretada por una determinación feroz, revisó el cargador de su pistola. —Si vas a hacer esto, quédate detrás de mí —sentenció Tyler, su voz recuperando ese tono de mando militar que no aceptaba réplicas—. No busques el peligro, Ivy. Deja que él te encuentre a ti y entonces, solo entonces, dispara. —No te separes de las sombras,
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