El Alfa pronto estuvo desnudo, su cuerpo era perfecto, marcado, con los abdominales como una tabla de chocolate, su cabello oscuro caía sobre su espalda, y sus verdes ojos brillaban de forma seductora. La doctora no podía dejar de mirarlo, él era el sueño de cualquier mujer, loba, o cualquier otra raza, impresionantemente atractivo, sensual, varonil, exhudaba poder y pasión, lo vió acercarse más cada vez. El rey no apartaba la vista de la mujer ojiazul, había estado con otras mujeres antes después de que lo maldijeran, pero no había pasado de ser solo un desahogo que apenas terminaba, se retiraba en silencio, aunque siempre tuvo cuidado de nunca embarazar a nadie, sobre todo a Siomara. — Ven aquí preciosa, quiero comerte toda... quiero saciarme de ti. Los besos apasionados y subidos de tono dieron paso a más caricias que eran hechas para dar placer. De pronto la lengua del lobo estaba en los pezones de Elizabeth, ella se arqueaba para recibir más de lo que le daba el Alfa.
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