La mujer acarició el pecho de George, un hombro, la cara, haciendo que aquel cerrara los párpados por un momento.
Entonces, tomó una mano y entrelazó sus dedos, llevándose esa mano a su pecho.
—Mírame bien, George. —Él obedeció, penetrando su mirada. No hacía falta encender la luz, aquellos ojos grises podían iluminar la estancia—. Tengo algo que confesarte, pero también tengo un propósito para hacerlo. Escucha todo lo que tengo que decirte. Y no me interrumpas hasta que termine.
El abogado a