La Habana era un torrente indomable de vida.
Hugo caminaba sin rumbo, dejando que las calles lo arrastraran como una corriente cálida.
El sol caía a plomo sobre los tejados desvencijados, el aire olía a salitre, a frutas maduras, a promesas no cumplidas. Se aflojó el cuello de la camisa de lino y siguió andando, esquivando puestos de artesanía, niños corriendo descalzos, ancianas que vendían flores desde canastas gastadas. Había algo en aquella ciudad que le removía algo antiguo en el pecho, com