LA ENFERMERA DEL MAFIOSO
Angelo De Santi nació para mandar.
Durante años fue el heredero perfecto de un imperio criminal europeo: inteligente, despiadado, respetado y temido incluso por sus propios aliados. Nada escapaba a su control. Ni las calles, ni los negocios, ni los hombres que lo seguían.
Una emboscada organizada por una traición interna —alguien de su propio círculo— terminó en un tiroteo brutal.
Angelo sobrevivió, pero una bala le destrozó la columna. El diagnóstico fue claro: no volvería a caminar.
Para un hombre que había construido su poder sobre el miedo y la presencia, la silla de ruedas parecía una sentencia.
Pero Angelo no cayó.
Se volvió peor.
Desde la cama del hospital y luego desde su mansión, aprendió a gobernar sin moverse. Eliminó a los traidores con una frialdad quirúrgica, consolidó su poder con una violencia más calculada, más cruel. Ya no necesitaba alzar la voz ni empuñar un arma para intimidar: una orden suya bastaba.
El accidente no lo hizo débil.
Lo volvió implacable.
Convencido de que el amor es una debilidad y de que nadie se queda sin querer algo a cambio, Angelo cerró cualquier resquicio emocional. Su mundo se redujo al control absoluto… y a una soledad que nunca admitiría.
Cassandra Morales no pertenece a ese mundo.
Es enfermera por vocación y por necesidad. Viene de una familia humilde, de campo, marcada por los problemas económicos. Sostiene a su madre, a su abuela y, sobre todo, a su hermana menor, diagnosticada con leucemia. Cassandra trabaja turnos interminables, duerme poco y no se permite.
Cuando una agencia privada le ofrece un contrato excepcionalmente bien pagado para cuidar a un paciente con necesidades especiales —un hombre poderoso, peligroso, aislado en una mansión— Cassandra duda.
Pero las facturas, los tratamientos médicos y el miedo a perder a su hermana pesan más.