El cielo sobre la ciudad se había tornado de un color violeta eléctrico antes de estallar en una furia de agua y viento. No era una lluvia común; era una tormenta repentina que azotaba los rascacielos con ráfagas que hacían vibrar los cristales. Las avenidas principales se convirtieron en ríos en cuestión de minutos, y el servicio meteorológico emitió una alerta roja.
En el Hotel Ariston, el caos era elegante pero evidente. Los organizadores de la Gran Gala Benéfica corrían de un lado a otro. D