La víspera de la boda en la mansión de Las Colinas amaneció con una claridad cristalina, como si el firmamento mismo hubiera decidido purgarse de cualquier rastro de tormenta para recibir el evento que tanto se había postergado. Elena se encontraba en la terraza, observando con una sonrisa serena cómo el personal de decoración, bajo la mirada atenta de la organizadora, comenzaba a disponer las sillas de madera clara en un semicírculo perfecto frente al altar natural de hortensias y rosas blanca