El amanecer no trajo consigo el alivio que Elena buscaba, sino una claridad inusitada. Durante horas, mientras la casa se sumía en un silencio sepulcral, ella permaneció sentada en el balcón de la suite, observando cómo las sombras de los árboles se alargaban sobre el viñedo que, bajo la luz de la luna, parecía el escenario de un crimen. Se preguntaba, con una honestidad brutal, qué era lo que realmente deseaba. ¿Deseaba acaso intentar reconstruir los escombros de un matrimonio que había nacido