La noche se había instalado sobre la mansión con una frialdad que parecía calar hasta los huesos. Dentro de la suite principal, el aire era espeso, saturado por el pitido constante del monitor fetal que mantenía a Alexander en un estado de vigilia agónica. Elena, sumida en un sueño inducido por los sedantes de la Dra. Batelly, apenas respiraba con una calma que a él le resultaba insoportable; cada vez que ella se removía, él sentía que el mundo entero se detenía. Había pasado la tarde entera en