El silencio que siguió a la salida de Alexander de la habitación de Elena no duró mucho. Apenas eran las tres de la tarde cuando el rugido de un motor anunció la llegada de la tempestad. Marcus, cumpliendo con su deber último hacia la sangre Valerius, no había dudado. En el momento en que la Dra. Batelly mencionó la "amenaza de aborto", Marcus había marcado el número privado de Arthur. No lo hizo por despecho hacia Alexander, sino por una lealtad que precedía a cualquier pacto: Elena no podía e