El día del encuentro con Sofía, Alexander condujo con la sensación de que el coche era una celda en movimiento. El sol de la tarde golpeaba el parabrisas con una intensidad hiriente, recordándole que no había rincón donde pudiera esconderse de sus propias acciones. Había citado a Sofía en una cafetería apartada en las afueras. Necesitaba que este encuentro fuera rápido, clínico y, sobre todo, definitivo. No podía permitir que la manipulación de Sofía siguiera erosionando la precaria estabilidad