El salón de banquetes era un despliegue de opulencia que cortaba el aliento. Bajo los techos artesonados, decorados con frescos que narraban victorias de eras pasadas, la élite financiera del país se acomodaba en mesas vestidas con lino blanco y cubertería de plata maciza. Sin embargo, nadie prestaba verdadera atención al menú de cinco tiempos que desfilaba ante ellos. Todas las conversaciones, los susurros tras las copas de cristal de Baccarat y las miradas furtivas convergían en la mesa presi