La noche de la gala no terminó cuando las luces se apagaron, al menos no para Sebastián Miller. Mientras la ciudad dormía bajo un manto de indiferencia, él se encontraba sentado en el borde de la cama de su habitación, con la corbata deshecha colgando de su cuello como una soga y el silencio de la mansión —esa casa que ahora sentía como una prisión ajena— pesando sobre sus hombros. Camila dormía a su lado, o al menos fingía hacerlo, dándole la espalda en un gesto de reproche mudo por la humilla