CAPÍTULO 48.
Kael yacía inmóvil en el suelo, su cuerpo empapado en sangre, con la respiración profunda y errática. El rugido distante de las llamas le llegaba como una advertencia, pero en su interior, algo le decía que no iba a rendirse tan fácilmente. Cada centímetro de su piel era un mar de dolor, y aunque su mente gritaba rendición, su naturaleza de lobo lo mantenía aferrado a la vida, como un animal salvaje que no se dejaría devorar sin luchar.
Había recibido varios disparos, balas que habrían matado a