El helicóptero descendió suavemente en un claro resguardado por bosques altos, rodeado de neblina matinal. El refugio seguro no era un búnker militar, ni una instalación gubernamental. Era una antigua abadía reformada, lejos de radares, cámaras y conflictos. Silenciosa, aislada… pero viva.
Isabella bajó primero, seguida por Karina y Sienna, mientras los paramédicos deslizaban las cápsulas móviles donde yacían los niños. La mayoría aún dormía bajo los efectos de los sedantes. Otros, comenzaban