Después de despedirse del médico, Sofía se dio la vuelta y miró a Alejandro.
En el sofá rodeado de plantas, Alejandro estaba sentado con el codo del brazo herido apoyado sobre la rodilla. Su cuerpo, fuerte y bien entrenado, mostraba en el antebrazo las líneas marcadas y definidas de sus músculos. La zona donde estaba herido tenía un vendaje impermeable que, lejos de restarle, le daba un aire a soldado herido en batalla. Se veía muy masculino.
"¿Cómo podía pensar eso? Qué sinvergüenza soy", pensó