Alejandro siempre había sido alguien admirable. El chofer, que lo acompañaba a diario, lo veía como un hombre con una fortaleza fuera de lo común. Había escuchado conversaciones sobre traiciones, negocios sucios, socios sin escrúpulos... Situaciones que a cualquiera lo habrían hecho perder la cabeza. Pero él, siempre sereno, resolvía todo con calma y precisión. No subía la voz, no mostraba enojo.
Esa tranquilidad era lo que más admiraba de su jefe. Por eso, cuando lo vio así, con dificultad para