Nadie habría pensado que ese niño obediente y callado fuera capaz de algo tan aterrador. Los adultos gritaron, corrieron hacia él, trataron de sujetarlo. Solo Ignacio alcanzó a ver con claridad la calma absoluta en los ojos de su sobrino.
En ese instante entendió, por primera vez en su vida, lo que era el verdadero terror. La sensación de tener la muerte tan cerca lo marcó para siempre. Esa experiencia lo persiguió durante años.
Después de ese día, Ignacio nunca volvió a provocarlo. Sin embargo,