Alejandro apenas mostraba emoción, pero su sola presencia resultaba intimidante.
En el asiento delantero, el conductor estaba tan tenso que hasta respirar lo ponía nervioso.
Alejandro no se sentía bien; bajó la mirada.
Los celos tienen una fuerza devastadora, capaz de volver loco a cualquiera.
—¿Por qué no llamas a Sofía? O, bueno, ni hace falta; seguro te lo explicará todo —dijo Carlos, intentando aliviar la tensión.
Alejandro lo miró.
Su mirada se volvió penetrante y Carlos se echó un poco pa