El salón ya estaba impecable. No quedaba ni rastro del desorden ni del olor anterior. En cambio, se sentía agradable, como si hubieran rociado un poco de perfume. Una esquina del ventanal estaba abierta y la brisa nocturna movía las cortinas suavemente.
El ambiente era fresco, limpio y tranquilo. Desde allí se podía ver la ciudad iluminada, un mar de luces brillando a lo lejos.
Cuando Sofía volteó a mirar, vio a Alejandro sentado en el sofá mientras revisaba su teléfono, con la calma de siempre.