Paralizado, Diego miró cómo Sofía volteaba y se iba.
Por unos segundos, su mente quedó en blanco.
Y cuando la perdió de vista, un dolor en el pecho, brutal, lo atravesó.
El pánico lo invadió de golpe.
Casi no podía respirar, como si acabara de perder algo que no tenía reemplazo.
El corazón le dolía como si se partiera en dos.
¡Qué cruel, Sofía! ¡Cómo podía irse así, tan tranquila, tan distante!
Quiso correr detrás de ella, agarrarla y obligarla a quedarse.
Pero las piernas no le respondieron.
Se