Sofía estaba un poco aturdida, pero pensaba con claridad. Entendía que Alejandro le preguntaba por qué le gustaba esa forma de ser suya, tan estricta y controlada.
Dijo lo que sentía, sin pensarlo mucho:
—Porque me recuerdas a una fórmula matemática. Algo meticuloso, perfecto, ordenado, bonito. Una certeza infinita.
Para ella, una fórmula perfecta era tan sagrada como la Biblia para un creyente. No se toca.
Aun así, a veces se sorprendía imaginando cómo se caía todo, cómo se rompía y luego se ar