Alejandro levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Sofía.
—¿Ya te despertaste? —preguntó.
Los ojos de Sofía se veían más tranquilos que de costumbre, sin la seriedad de siempre. Ahora brillaban como la luz de la luna.
—¿Crees que soy buena? —preguntó de repente.
Él nunca había hablado así con Sofía. “¿Soy buena?” sonaba a confianza de amigos. Normalmente sus charlas eran medidas. Había una barrera entre los dos.
—Eres muy buena.
—¿Y piensas que soy impresionante?
—Sí. Eres impresio