Alejandro se detuvo frente a la puerta, miró a Sofía y preguntó:
—¿Tú qué piensas?
—Creo que al principio no hace falta vivir juntos, ¿no? —respondió ella.
—No hay prisa. Lo hablamos cuando mi madre venga a Puerto Azul —dijo.
Sofía no quería discutir eso en ese momento.
—Pero debo advertirte, Alejandro, que, aunque tengamos que fingir, yo no me mudaré a tu casa. Tengo mi departamento, mi estudio, mis costumbres. Decidí que, incluso si algún día vuelvo a tener pareja, no volveré a sacrificarme so