Cuando trabajaba, Sofía se volvía una persona seria, reservada y concentrada.
De la nada, Sebastián se puso nervioso, la agarró de la muñeca y, mientras se inclinaba hacia ella, le preguntó:
—¿De verdad es seguro?
Sofía respondió, tranquila:
—Seguro.
Él insistió:
—¿No podrán rastrearte? Si lo descubren, podrías ir a la cárcel.
Sofía contestó:
—Si estuviera en tu empresa, habría detectado el ataque de Mateo de inmediato. Él ya está acabado.
—No hablo de mí, te pregunto si tú puedes garantizar tu