Sebastián medía como un metro ochenta y cinco y le llegaba más o menos a la altura de las cejas a Alejandro. Este tenía veintiocho años, solo ocho más que él. Aunque ya rozaba los treinta, todavía era percibido como todo un joven.
Alejandro, con su porte impecable y facciones hegemónicas, sería un hombre atractivo incluso de viejo. Caminaba erguido, tenía rasgos como tallados por los ángeles y un aire de autoridad que lo hacía imponente, con una seriedad aristocrática nada vulgar.
Pero para Seba