Camilo se rio de la rabia. Le mostró el pulgar hacia arriba, admirando su estado mental inquebrantable.
—Perfecto, señor Montoya, tienes un corazón de piedra, no puedo competir contigo. Yo sí considero a Sofía como una amiga, y con esa actitud de perro rabioso que tiene Diego, si se la lleva, quién sabe cuántas mordidas le dará. No me gusta, no me puedo quedar tranquilo. Así que no tengo ánimo para seguir jugando contigo.
Camilo los señaló uno por uno.
—Señor Vargas, ya que solo sabe ver el espe