Gerard partió al día siguiente hacia San Diego con su hermano Abraham según me dijeron y con dos de los abogados de mi esposo, dándonos a Gerard y a mí un dulce y apasionado beso cuando nos despedimos en la puerta de mi casa. En la noche y mientras mi hija dormía en su cama, escuché la melodía de mi celular, lo cogí de la mesa donde lo tenía al ver que era mi marido.
— Hola cariño, ¿cómo estás? — Me pregunto.
—Bueno, y el pequeño durmiendo, ¿cómo te fue en San Diego?—, preguntó.
—Todo está t