Richard aun no podía creerse lo que estaba viviendo. Su cuerpo temblaba por la conmoción. Ver a Miriam en aquel estado alarmante de por sí le disparaba todas sus alarmas rojas, pero saber que ahí estaba su pequeño de tres años, ahí en ese tétrico lugar, vulnerable y rompiendo en llanto, de seguro era lo más espeluznante de todo.
—¡Jack! ¡Mi pequeño Jack! ¿Estás bien, hijo? — exclamó eufórico y las lágrimas querían agolparse en sus ojos y le comenzaban a nublar la vista.
El pequeño lloraba a