El penthouse se sentía más grande y vacío que nunca. Tras el tenso almuerzo en la mansión y la siembra de discordia que Dianne había ejecutado con precisión quirúrgica, el silencio de mi refugio frente al lago Michigan me pesaba en los hombros como una capa de plomo. Arielle, agotada por el teatro emocional que había tenido que representar frente a Emily, se había retirado a su habitación hacía apenas una hora, dejándome a solas con mis fantasmas y el parpadeo lejano de las luces de Chicago.
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