Logan Christian
Si alguien me hubiera dicho hace un año que mi "muro del sonido" se vería reemplazado por un coro de llantos en estéreo, tres tipos diferentes de leche de fórmula y el olor persistente a talco de bebé, probablemente le habría roto una guitarra en la cabeza. Pero aquí estaba, en el estudio de la hacienda, con las ojeras marcadas hasta los pómulos y una libreta de partituras que, hasta ahora, solo contenía manchas de café y un par de acordes menores que sonaban a pura desesperació